ECUADOR ARTE

Quito, 6 sep (EFE).- “El cáncer no ha sido para mí la muerte sino la vida”, atestigua la artista ecuatoriana Sandra Yánez al presentar su exposición de pinturas al óleo, un pretexto para exorcizar los prejuicios, de y contra, las personas que padecen la enfermedad.

Diagnosticada hace seis años con cáncer de mama, Yánez plasma en la exhibición denominada “Transformando realidades amorfas”, pinturas en gran formato que reflejan sus sensaciones tras recibir la nefasta noticia.

Se representa en un cuadro desnuda, cabizbaja, arrodillada y bañada en lágrimas. Rayas negras invaden su cuerpo y se arremolinan en el busto, mientras a sus espaldas pondera la tiniebla y frente a ella brilla la naturaleza.

“Estaba de alguna manera en el medio de dos mundos”, sin saber qué iba a pasar y sintiéndose “contaminada en todo el cuerpo”, relata a Efe quien, en un segundo cuadro ejercita un magistral resumen del desconcierto, la angustia y la soledad que envuelven al proceso de la quimioterapia.

Aunque la mayoría de sus obras son cuadradas o rectangulares, aquella en la que se muestra con una cicatriz en el pecho aparece en un lienzo redondo en el que aparecen elementos de vida que fluyen: flores, aves, manos solidarias.

Con estudios de arte y exposiciones en Ecuador y Francia, Yánez, de 42 años, justifica su obra en que “lo más importante es mostrar al mundo” lo que ha vivido con una enfermedad que le representó una “claridad”, un cuestionamiento generalizado y una de esas bofetadas de la vida que acomodan las prioridades.

Por ello, asegura que la muestra le ha permitido “romper el tabú” de que las mujeres que sufren cáncer y sus consecuencias tengan que esconder su situación.

“Aunque soy diferente, sigo siendo una mujer”, recalca Yánez, que en la misma exposición, ofrece cuadros lúgubres de creación anterior al diagnóstico, que contrastan con el colorido (esperanza, vida) que caracteriza su actual obra.

Sus piezas comparten escenario en la sala “Juan Villafuerte” del Ministerio de Cultura y Patrimonio, con los trabajos de su compatriota Fernando Ortíz, un pintor urbano, que ha convertido en arte lo cotidiano.

Música, casas, niños, la sensualidad y el erotismo marcan los cuadros de este artista que ha expuesto en Estados Unidos, Centroamérica y Ecuador.

Envuelto en el figurativismo, en el surrealismo, sin llegar a lo abstracto, Ortíz superpone en sus pinturas varias imágenes en las que se apropia de múltiples facetas de la urbe.

Y ahí aparece “Serenata”, una pintura de gran formato, generosa en vivos colores y figuras amorfas, que recuerdan tradiciones que poco a poco se van perdiendo, como el conquistar a la amada con canciones entonadas -guitarra en mano- desde la calle.

De 55 años, el pintor explica a Efe que lleva el “caos urbano” a sus cuadros, cuya acumulación de imágenes obligan a miradas profundas y analíticas para encontrar, en medio de colores y trazos, la magia, el misterio de la ciudad, músicos, indigentes, animales o una arquitectura urbana desordenada.

Amante confeso y visitante asiduo del centro histórico de Quito, considerado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, Ortíz sintetiza la cautivadora grandeza de la zona: “Cada vez que vas, encuentras una nueva puerta, una nueva ventana, elementos diferentes” que se entrelazan, algunos de forma caótica.

Y quizá por ello se refiere al casco viejo como un “centro histérico”.

Desde aceras diferentes, Yánez y Ortíz plasman el sufrimiento en sus obras: la enfermedad, dramas urbanos, la migración, la pobreza, la depresión y la tristeza, pero también rescatan la luz de cada día en una exposición que se exhibirá hasta el próximo 25 de septiembre.

A ambos artistas les une una muy alta sensibilidad y coinciden en la necesidad de una transformación, de hondas miradas a realidades cotidianas, de hallar la solidaridad y la belleza incluso en las horas más amargas.

“Pinto, no para decorar un salón de estar, sino para que se generen canales de comunicación entre los seres, para que no me sienta sola, ni tampoco quien ‘lee’ mi obra”, apostilla Yánez, convertida en un mosaico de emociones y aferrada al poder sanador del arte.

Susana Madera