COLOMBIA PAZ

Quibdó (Colombia), 5 dic (EFE).- En una de las regiones más castigadas por la pobreza y el conflicto colombiano, un proyecto educativo, Icema, se ha erigido como un arma de empoderamiento y defensa del territorio para las minorías étnicas, amenazadas aún por la violencia de distintos grupos armados pese a la firma de la paz.

Y es que grupos como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) o el Clan del Golfo se disputan ahora el espacio dejado en el departamento del Chocó, al oeste de Colombia, por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) tras la firma del acuerdo de paz con el Gobierno hace dos años.

Allí, Manos Unidas lleva décadas actuando en favor de los derechos y el desarrollo de las minorías étnicas de afrodescendientes e indígenas con una intervención integral con el objetivo de que cuenten con los recursos suficientes para su desarrollo y defensa del territorio, hostigado también por las prácticas mineras ilegales y los cultivos ilícitos.

Una parte de ese proyecto es la Institución Comunitaria Etnoeducativa del Medio Atrato (Icema), una “experiencia educativa” que les permite no solo formarse, sino también reafirmar su identidad cultural y sus valores y fortalecer sus capacidades productivas gracias a la asistencia de la diócesis de Quibdó y el Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato (Cocomacia).

Con 78 años, a Belinda Santos le falta uno para obtener el bachillerato. “Es mucho lo que aprendo con ellos”, y también los niños, que aprenden “a no ser groseros con los mayores”, asegura esta mujer, residente en la comunidad de Tanguí, a algo más de una hora en barca por el río Atrato desde Quibdó, capital del Chocó.

Florentino Mosquera pertenece a la primera promoción de graduados de la institución, que le ha llevado a representar en esta zona de la Cocomacia. “Es muy importante porque la gente de Tanguí y otras comunidades han aprendido a poner su nombre y a leer”, destaca.

La experiencia ha sido tan positiva que otras comunidades la han importado y puesto en marcha con sus propios recursos, como ha sucedido en la de La Villa, a otra hora más de navegación por el río, y en la que afros e indígenas comparten experiencias y conocimientos.

Para Carmen María Cuesta, Icema fue algo más que una oportunidad para las personas que, como ella, no pudieron acabar el colegio: “lo más importante fue rescatar nuestras costumbres que nos enseñaron porque eso ya estaba perdido”, resalta la joven.

Lucio Sapia ya ha aprendido a escribir su nombre y piensa que la institución “ha mejorado la calidad de vida” de los indígenas, para quienes “económicamente es imposible estudiar en Quibdó”.

Y Yamile ha logrado el bachillerato y, con este título, además de convertirse en madre comunitaria, podrá evitar que sus hijos “mueran de hambre” si algún día pierde el trabajo.

“Hay muchos padres que no tienen la posibilidad de trasladar a sus hijos a Quibdó, pero si Icema está en la comunidad, es mucho más fácil que nuestros hijos estudien”, añade.

La formación se prolonga durante un semana al mes, aunque el resto del tiempo los alumnos tienen que cumplir con actividades extraescolares, explica una de las docentes participantes en el programa, Joana González.

“Icema no llega a todas las comunidades porque aunque queremos, no podemos debido a que no tenemos una planta de docentes”, asegura la profesora, quien subraya que este proyecto “ha cambiado la vida de muchas personas”.

Hasta la firma de la paz, los miembros de estas comunidades aseguran que no había “ningún problema”; ahora, sin embargo, ante las nuevas amenazas, Icema se ha revelado como “un proyecto de vida, de construcción de paz y de defensa del territorio”, señala Wellington, responsable de Territorio de la Cocomacia.

“Estos son lugares estratégicos para los actores del conflicto armado, pero gracias al Icema estas comunidades están ahí fuertes y se han empoderado tanto que han podido hacerles frente y decirles: somos autónomos y este territorio es nuestro, no queremos estar en medio del conflicto”, zanja.